Quiero dar voz a los pensamientos que languidecen en mi
mente como presos fantasmales que ansían la luz proveniente de mis ojos. El eco
de la furia y las pasiones reprimidas, las manos apretadas, las miradas y los
besos nunca dados, me llevan a
convertirme en un ser críptico, inescrutable. Siempre contemplo, pero no desde
la sabiduría sino desde algo más, un anhelo que es un poco hermoso, un poco
prohibido, un poco enfermo, contemplo las formas graciosas, atrevidas,
tentadoras, y en secreto deseo susurrar a sus oídos historias y apoderarme de
sus sentidos.
Pinto con letras los cuadros de mi mente, trazando olas de
privación que en sus crestas forman rostros llenos de enigmas, formo palabras
cuyos sonidos emergen del vacío y me regocijo de los ojos q las desean tanto
como yo. Me veo desde lo lejos sumido en mí mismo como un ciclo eterno donde después de explorar
los rincones más lejanos del universo vuelvo a mí, siempre yo, solo yo.
Soy un ser desesperado, no lo puedo ocultar, soy ese pequeño
cachorro que excava en la tierra buscando aquello que en el pasado tenía
significado, y que ahora lo dejo de tener, mi cara se sumerge en viejos tomos
indagando como debo mover mis manos, mis labios; como hallar la convicción y la
voluntad en un mundo que crece en hostilidad e interés. Es un mundo que se
retuerce, se dobla casi como sometido a una dulce tortura que lo exprime pero
que de otra manera sería aburrido y fatal.
Vuelvo a trazar, medir y circular después de siglos
perdidos, la historia de mi mente se extravió en un cierto tiempo, pero sigue
allí, curiosa, latente como un mito terrible y eterno que observa desde las
estrellas y las profundidades del mar, buscando un estímulo, un pasaje estrecho
desde el cual fluir llena de luz, implacable e imparable. Siempre me pregunto y
cuestiono el sabor de mi boca, y si lo q escribo realmente tiene algún sentido.
Y al final me encuentro aquí en la penumbra, estremecido
pero lleno de mí mismo, con una mano en mi frente mirando un extenso valle,
siempre cambiante e inquieto, un desafío que dibuja una sonrisa audaz, hablo y mi voz
baila en el aire mientras retumba como
un trueno, como un coro de tambores que va creciendo, que se hace más intenso.
La última palabra no está dicha y mi pintura no está terminada.
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